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sábado, 27 de mayo de 2017

Idas y vueltas...





Idas y  vueltas...
Aunque solo desde 1974 es cuando voy y vuelvo por el mundo (entonces la idas eran en tren desde Cúneo a Arenzano, donde estaba en el seminario; después en Génova y, desde 1992, desde África) no me he acostumbrado del todo a salir.
Saludar a los amigos, a la familia, a los hermanos de hábito, no es nada fácil, cuando sabes que la distancia (de espacio, pero también de tiempo) será más bien larga. Los días antes de salir hay algunas últimas cosas que hacer, y parece que el tiempo corre al mismo rapidísimo y muy lento. Pero lo que más cuesta son las últimas visitas, lo encuentros y los saludos.
Pero es la vida, y salir también es algo bonito. Y el sufrimiento hace aún más precioso vivir  en otra parte y lejos. Y esto no queda lejos: la oración, la amistad no sufren por la distancia.
El último fin de semana lo pasé en Cúneo. En esa ocasión me reuní con muchas personas queridas. El domingo por la mañana celebré la misa en mi parroquia, que es del Corazón Inmaculado, y luego a las 11 en Montanera, un pueblecito que no está muy lejos, en la campiña. Aquí el párroco ha implicado a todos en la solidaridad con Centro África.
El martes por la mañana sonó el despertador antes de las 3. Cargué las últimas maletas, y pasé a recoger a Marisa, mi hermana. Una pequeña parada, y fue una gran sorpresa encontrar (a las 3'20 de la madrugada) a un amigo, Pablo Silvestre, que nos acompañó hasta Turín. Me uno a un último capuchino, carta de embarque y los últimos abrazos. Me preparé al embarque y, después de los últimos controles, un último saludo y en marcha. A las 6 el avión salió para Paría, y desde París hasta Bangui, donde llegamos con un ligero retraso, hacia las 16'30. Control de los documentos, recuperación de las maletas y, por fin, me encontré fuera.
El miércoles, por la mañana, después de haber saludado a los padres de la comunidad, salí para Bozoum. Tenía el coche lleno (entre maletas y semillas para repartir, regalo de Seed Programs International, de USA) y la carretera es larga, pero los 400 kilómetros se terminan y por fin llegaba  a Bozoum a las 17 horas.
El jueves 25, que en Centro África se celebra la Ascensión, presidí la eucaristía, que me dio la oportunidad de saludar y rezar con mis cristianos.
Y reemprendo la vida en Bozoum...
¡Feliz aniversario!


















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