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domingo, 21 de septiembre de 2014

¡Adelante, poco a poco!




¡Adelante, poco a poco!
Sigo retomando  el aliento, poco a poco...
Aún me canso, pero... ¡adelante!
En las semanas pasadas hemos organizado, gracias a UNICEF, tres formaciones de seis días cada una para más de doscientos cincuenta maestros, para que puedan pronto reabrir las escuelas.
Aquí en Bozoum las reabrimos esta semana y esperamos que de igual modo suceda lo mismo en los poblados.
Todos los domingos, al final de la misa, entregamos estatuas del Niño Jesús, para una peregrinación en las familias: un modo para rezar en casa y en sus barrios y pedir la gracia de la paz y de la presencia de Jesús en todas las casas.
Este domingo celebramos el comienzo del Año Pastoral, con la reanudación de las actividades de más de veinte movimientos de la parroquia. El domingo próximo será la fiesta de San Miguel, Patrón de la parroquia y de la ciudad.
El viernes y el sábado fui a Bouar, con las carreteras que cada día están peor...
En Bouar me reuní con las diversas comunidades así como con los responsables de las distintos hospitales, con los que, gracias a una financiación de la República Checa, estamos poniendo en marcha un proyecto para ayudar a las mujeres que están encinta (pagando los gastos de las visitas y del parto), a los desnutridos y a los pobres de las parroquias.
¡Vamos adelante!
 










sábado, 13 de septiembre de 2014

Vuelta a Bozoum






Vuelta a Bozoum
Finalmente, el martes logro volver a Bozoum.
Llegué en avión. Un pequeño avión, con una docena de plazas. Se bamboleba un poco, pero lo hemos logrado.
Desde hace unos días estoy aquí, en reposo, esperando que vuelvan las fuerza...
Mucha gente viene a saludarme, y me agrada ver su alegría.
Gracias de corazón a todos por su simpatía y oraciones.
A continuación pongo la traducción en español del relato del coronel francés, cuya versión original está en piamontés...
“Esperábamos el helicóptero que tenía que aterrizar a las siete. Eran las siete menos cinco. Estaba con nuestro capellán - nosotros, soldados en misión, tenemos siempre un capellán a quien llamamos con afecto "Padre", aunque no todos son cristiano bautizados- y había cuatro enfermeros.
Faltaban dos minutos para las siete y habíamos oído el rumor de los rotores que se avecinaba en la noche. Era el típico sonido del ·flop flop" característico que nos hizo exclamar a coro: "Aquí está". Los enfermeros cogieron la camilla que habían preparado y fueron corriendo hacia este gran mosquito que poco a poco se bamboleaba por el aire a punto de aterrizar.
Después de algunos minutos, los enfermeros volvieron llevando en la camilla un enfermo que  estaba acompañado por el piloto del helicóptero con el uniforme de aeronáutica. El enfermo estaba consciente y venía cargado como un mulo, con todo el material sanitario: el medidor de las pulsaciones del corazón, el medidor de la presión, el medidor para el oxígeno de la sangre. En medio de las piernas, le habían puesto una botella de oxígeno, con un tubo conectado a una máscara que tenía en la nariz.
Era un hombre de mediana edad, delgado. Tenía la cabeza y un cutis amarillo como quien padece de hígado.
"Buenos días, Padre" -le dije en italiano- "soy el director sanitario, bienvenido entre nosotros. Voy a llamar a nuestra embajada para que puedan avisar al consulado de Italia de su presencia en nuestro campo. ¿Necesita que llame a alguien?".
Casi no tuve la fuerza para hacerme entender; con un gesto y una sonrisa me daba las gracias.
El Centro Operativo, después de la comida, me había avisado de que le habían llamado desde nuestra Base en el Oeste del país, donde los frailes del convento habían ido a pedir ayuda porque un sacerdote italiano se sentía mal. Yo soy el que le día la orden y mandé entonces un helicóptero con un médico y un enfermero a buscarlo. Una mano lava la otra y las dos lavan la boca. Mira cómo hemos encontrado un sacerdote italiano misionero internado en nuestro Hospital del Campo. Su nombre era Aurelio, Padre Aurelio Gazzera.
El primer día estaba exhausto y apenas podía hablar. Me llamó otro sacerdote italiano por teléfono pidiendo información. Era el Padre Federico. Comenzó a hablarme en francés, pero yo le respondí en italiano. Entonces me dijo: "Pero Lanteri es un apellido italiano, coronel".
Le dije: "Yo soy piamontés". Él me respondió con alegría: "También yo soy piamontés. Soy de Cascale Monferrato".
"Entonces hablamos en piamontés, padre",
"En efecto, hablamos piamontés, señor coronel.¿Pero usted sabe que el Padre Aurelio es de Cuneo y que también con él puede hablar en piamontés?".
"¡Jesús! ¿Es de  di Cuneo? (disculpe, padre) porque nosotros somos por debajo de Cuneo, pues yo soy de Briga. ¿Conoce Briga?".
Y así durante un tiempo, yo estoy en Bangui, capital de Centro África, y él en Bouar, al oeste de este país, nos pusimos tranquilamente a hablar piamontés por teléfono.
Al día siguiente fui a ver al Padre Aurelio al hospital. Estaba mejor. Entré bajo la tienda donde estaba acostado en una hamaca y le dije en piamontés: "Buenos días, padre, ¿se encuentra bien hoy?". A él le sorprendió, pero me respondió en piamontés: "Buenos días, señor coronel. Sí, hoy estoy mejor. Pero, Lanteri... Lanteri es un apellido que...".
"Sí, yo soy de Briga. ¿Conoce Briga?".
Seguro que conoce Briga. Había ido a caminar por la montaña. "Un valle magnífico" -dijo a los enfermeros que nos oían hablar- y describí la lápida grabada sobre la roca, casi a las afueras de Fontan en 1610, en recuerdo de Carlos Manuel I -llamado el Grande- por haber abierto y mejorado el camino que permitía la travesía del pueblo a quien iba de acá para allá por los montes en Piamonte.
¡Me parecía soñar! Perdidos en medio de África, con uniforme de combate, en un hospital de campo que dirigía, poder hablar en piamontés con un sacerdote enfermo que había ido a buscar en helicóptero en casa del diablo, donde vive desde hace más de  veinte años.
Y charlábamos de Val Roya, de Carlos Manuel de Saboya, delante de mis enfermeros que no sabían ni siquiera dónde estaba Turín.
Después de algunos días le hemos dejado que saliera del hospital. Estaba un poco mejor. A las hermanas que vinieron a recogerlo, les aconsejé: "Hacedle un buen plato de macarrones". Se echaron a reír. Y después le dije: "Padre, hágame el favor. Tiene que marcharse y debe comer como se debe".
A las órdenes, señor coronel. O mejor: " Ai urdini, Munsu Culunel”.

(Las fotos del avión no son mías... Son de un holandés, Arnold, que trabaja aquí en Bozoum con Cordaid...).


Il ponte sull Ouham a Bozoum, fatto dai prigionieri italiani nel 1943
le pont sur l'Ouham à Bozoum, construit par les prisonniers italines en 1942


Bozoum

Bozoum

Bozoum





viernes, 5 de septiembre de 2014

Aún estoy vivo...







Aún estoy vivo...
Tengo que agradecer al Niño Jesús, al P. Enrico (que insistió en obligarme a marchar de Bozoum), al P. Federico (que logró encontrar milagrosamente un pasaje en helicóptero) y a los militares franceses que me llevaron a Bangui y me curaron en su hospital, en el centro de reanimación...
Desde el lunes pasado, 25 de agosto, tenía un poco de malaria. Comencé a curarla, y al principio parecía ligera, pero después comenzó a empeorar, con vómitos, sangre en la orina, etc. El miércoles estaba peor, y el jueves vino el médico, que me puso suero, pero desde entonces hasta ahora estaba siempre peor.
Enrico intentó ver si había posibilidad de un avión, pero no fue posible. El P. Federico, que estaba en Bouar, contactó con los militares franceses, que consiguieron llevarme en su helicóptero, que hacia las 16'30 salió de Bossangoa. Hacia las 15'15 aterrizó en el campo de fútbol de Bozoum y en él me llevaron. El helicóptero... es como viajar sobre una carretera sin asfaltar encima de un camión...  Hace mucho ruido, vibra, pero los enfermeros consiguieron aún así ponerme un poco de suero...
Llegamos a Bangui después de hora y media. El hospital está prácticamente en la pista de la base militar. Se presentó un coronel francés, el responsable de la Unidad Sanitaria, que me saludó en italiano. Se llama Lanteri y nació en Briga (un pueblo a unos kilómetros de la frontera), y en los días siguiente me atendería muy bien y con simpatía (¡al tercer día comenzamos a hablar en piamontés!).
Los franceses tienen un hospital de campo muy bien organizado, con reanimación, sala de operaciones y todo. Enseguida se pusieron a cuidarme y bajo observación (tubos, cables, alarmas, etc.).
Los primeros días me encontraba verdaderamente mal... La presión muy baja, habiendo perdido mucha sangre. Me curaron muy bien, con mucha profesionalidad y humanidad. No conseguía comer (la primera vez que conseguí pasar algo fue el martes) y solo el lunes comencé a ponerme de pie algunos minutos.
El miércoles salí del hospital y ahora estoy aquí en el Centro de Acogida, donde me voy reponiendo durante algunos días. Leo, rezo y preparo...
Muchas gracias a todos por la simpatía y por la oración. Los primeros días, cuando estaba peor, no estaba siempre consciente, y con frecuencia veía o me parecía ver mucha gente alrededor de la cama: amigos, conocidos, distintas personas que estaban cerca de mí y rezaban. ¡Gracias de corazón!









sábado, 23 de agosto de 2014

Entre una lluvia y otra...







Entre una lluvia y otra...
El viernes 15 de agosto celebramos la fiesta de la Asunción. Como es tradición, se marcha a pie a Doussa, un poblado a casi 5 kilómetros de Bozoum, donde celebramos la eucaristía. Había mucha gente que había ido a pie. El tiempo es hermoso, aunque ha llovido casi durante toda la noche.
Entre la gente de Bozoum y la de los poblados vecinos rezamos por la parroquia y por todo el país, siempre al borde del abismo. Pero rezamos también por el mundo, tan amenazado en estos tiempos de la locura de la guerra.
Por otra parte, por la mañana hay un feo accidente. Un coche de una ONG que está trabajando pata la reconstrucción de las casas, es bloqueado junto a Bombalou, a 45 kilómetros en la carretera de Bangui. Los "bandidos" son de los antibalaka, que amenazan matar al conductor (musulmán), y luego se "contentan" con robarle el dinero (unos 150 euros).
No sé qué hacer, el domingo por la tarde me pongo en camino para llegar a ese poblado. Tardo más de una hora para hacer los 45 kilómetros y, cuando llego, encuentro a algunos jefes del poblado y a la gente. Marcho decidido... intentando ponerles frente a las consecuencias de lo que ha sucedido. Un ataque así puede bloquear todos los esfuerzos de reconstrucción y de las ayudas de la ONG.
La reacción es buena. Me dan las gracias y me dicen que el día después tendrán una reunión con los autores del delito. ¿Quiénes han estado allí? Me responden que han agredido al conductor porque habría colaborado en la defensa de los musulmanes. Aprovecho para invitarles a que reflexionen, a intentar que pasen página y construyan una paz y una convivencia basadas en el respeto y el perdón. Al marcharme, les invito a que tengan un gesto concreto: o a entregar las armas o, al menos, una parte del dinero robado.
Un par de días después, tres personas de este poblado vienen a Bozoum, y me traen una carta de excusa y 50.000 francos (75 euros, la mitad de lo que había sido robado). Un gesto hermoso y esperamos que sirva para acabar con la violencia y las amenazas.
En estos días sigue el trabajo de barrenar el terreno para los nuevos pozos. Con estos, hay cinco en la zona de Bozoum, tres en Baoro y uno en Bangui. Gracias a SIRIRI por el de la escuela de Bozoum y gracias a la señora Ángela por todos los demás. Aquí hay un pequeño vídeo, con los bailes de la gente, en Marsaka, feliz por el pozo que están excavando. 
Tenemos también la visita de los novicios, que se encuentran aquí con su maestro, el P. Voytech. Tres cameruneses y un centroafricano que, dentro de algunas semanas, terminarán el noviciado con la primera profesión, consagrándose a Dios en el Carmelo.
Con la  ayuda de algunas voluntarias (Eleonora de San Posidonio, Marta y Alejandra de Savona), algunos chicos han comenzado a aprender el oficio de zapatero, desde la A a la Z: la A es el curtido de las píeles, la Z son las sandalias y otros objetos que están haciendo.
Y también estos son pasos adelante... 




Pestando le corteccie per conciare le pelli
en écrasant l'éorce de certains arbres pour traiter des peaux, pour faire les chaussures